dijous, 1 de gener de 2015

Atención y conciencia


Es fácil leer hoy en día, en alguno de los reconocidos best-seller sobre Atención Plena (Mindfulness), afirmaciones como: "En un sentido amplio, los términos atención y conciencia son sinónimos". Esta afirmación, en nuestra lengua, es una afirmación falsa en todos los sentidos y, en consecuencia, proyecta una sombra de confusión en los estudiantes y practicantes de la atención plena. Porque ni atención y conciencia son sinónimos, ni la atención plena es lo mismo que la conciencia plena.

Por un lado, podemos definir la atención como la capacidad de enfocar el pensamiento o los órganos de los sentidos en alguna cosa. Por otro lado, la conciencia es definida como la capacidad de conocer las sensaciones, los pensamientos y las acciones, en relación a la propia existencia.

Utilizando un símil fotógrafico, se podría decir que la atención es enfocar los sentidos o el pensamiento, tal como lo harían las funciones de enfoque y zoom de una cámara fotográfica y, en cambio, la conciencia se correspondería con la visualización de la fotografía finalizada. Entre una cosa y la otra, existe todo un proceso de percepción que capta los estímulos, los procesa y los presenta en un soporte reconocible.

Podemos decir, por lo tanto, que la atención es una condición necesaria para la conciencia, puesto que si no enfocamos nuestra atención no podremos tener una percepción clara de los fenómenos y sin una percepción clara, no puede haber una conciencia clara. Sin embargo, al mismo tiempo, es evidente que la atención no es una condición suficiente, puesto que si no hay percepción, no puede haber conciencia.


Y si se confunden los significados básicos de atención y conciencia, más aún son confundidos los conceptos de atención plena y conciencia plena que, por lo anteriormente expuesto, no son lo mismo. Si bien es cierto que la atención plena es condición necesaria para la conciencia plena y que una cosa lleva a la otra, no existe razón alguna para afirmar que sean lo mismo.

La atención plena es enfocar la atención en las sensaciones, pensamientos y emociones que suceden en el momento presente, con acceptación y sin prejuzgar. En cambio, la conciencia plena es el conocimiento de las cosas en relación a nuestra existencia, conocerlas íntimamente, lo que significa conocerlas compartiendo con ellas la naturaleza de la vacuidad, en el escenario del momento presente: El "aquí" del cuerpo y el "ahora" de la respiración.

Entre un atención plena y una conciencia plena también hay un proceso que, además de involucrar la percepción, exige también otras actitudes. Es necesario que no exista intención de obtener, puesto que la intención de obtener refuerza la idea de un "yo" que obtiene y este "yo" rompe la intimidad con los fenómenos.

En la conciencia plena se incluye también la comprensión de la vacuidad, que significa darse cuenta de la interdependencia de las cosas o, como dice Buda, conocer los factores de su aparición y de su desaparición y, así también, la comprensión de su impermanencia.

No es suficiente con practicar la atención al momento presente para llegar a la conciencia plena, tal como nos podría hacer creer la confusión existente entre estos dos términos. La práctica de la atención plena, que puede parecer fácil de llevar a cabo siguiendo las instrucciones de un libro, puede ser eficaz para reducir el estrés, como parecen demostrar las esperiencias. Sin embargo, la atención plena no es suficiente para extinguir la raíz del sufrimiento, puesto que para ello es necesaria la práctica de la conciencia plena, la sabiduría que permite ir más allá.

Y esto es así porqué es necesario que se cumplan estas otras condiciones que hemos nombrado: la actitud de desprendernos del yo, a la que difícilmente accederemos si nos limitamos a seguir las instrucciones de un libro o a practicar en solitario. Cuando practicamos zazen - la meditación sentada en el dojo - compartiendo la experiencia con otras personas y dejándonos guiar por un verdadero maestro, todas estas condiciones se cumplen; así, de esta forma, puede despertar en nosotros esta sabiduría ilimitada, la sabiduría desapegada y compasiva que continúa en nuestra vida cotidiana, atentos a cada momento de nuestra existencia.


Lluís Nansen Salas
http://www.dojozenbarcelona.org

El envoltorio es un regalo

Es un tópico muy frecuente entre los que ven la meditación desde una perspectiva materialista y utilitarista, considerar el ritual que acompaña la práctica de las meditaciones tradicionales como un envoltorio innecesario. Así, al recibir el regalo de la práctica se apresuran, como un niño que recibe un juguete bien envuelto, a rasgar el papel para desahecerse rápidamente del envoltorio y poder disfrutar del juguete. Pero esta es una visión incompleta, pues el ritual contribuye a crear un estado de la mente propicio a la meditación. 


En el caso de de la práctica del zen, por ejemplo, cuando entramos en el dojo - el lugar donde se realiza la meditación - el ritual establece entrar con el pie izquierdo, seguidamente se hace una reverencia juntando las palmas de las manos delante nuestro, con la punta de los dedos justo por debajo de los labios, y hacer una inclinación hacia delante sin doblar las rodillas. Esta salutación se llama gassho y la hacemos de todo corazón, entregados al gesto, dejando de seguir los pensamientos y preocupaciones para concentrarnos plenamente en el momento presente, al mismo tiempo que tomamos conciencia de la expiración, larga y tranquila.



Este gesto es un gesto de respeto y humildad que nos ayuda a desprendernos de nuestro orgullo, de nuestra vanidad. Nos inclinamos delante de un altar donde hay una figura de un buda sentado. No estamos venerando un objeto, estamos expresando con humildad nuestro agradecimiento hacia la práctica de sentarse como un buda y estamos demostrando respeto hacia todos los demás practicantes. Es un gesto que, cuando lo hacemos de todo corazón, puede cambiar nuestro espíritu instantáneamente, como un interruptor. Y con la repetición llega el hábito y, con el hábito, este cambio de la mente se vuelve subconsciente. De esta manera, podemos cambiar el estado de nuestra mente sólo con un gesto, sin intención, sin voluntarismo, y esto nos predispone para empezar la meditación más liberados.


Si quisiéramos lo mismo desde una perspectiva materialista y utilitarista, podríamos decir: "Bien, si de lo que se trata es de abandonar el orgullo y las preocupaciones antes de empezar la meditación, bastará con pronunciar internamente: "Abandono el orgullo y las preocupaciones, y ya está," y así nos ahorramos este ritual.


El error de este planteamiento es pensar que se puede conducir el pensamiento con el pensamiento. De hacerlo así, acabaríamos en un bucle, un callejón sin salida. Estaríamos intentando abandonar una ilusión y nos crearíamos otra. Es como romper el silencio diciendo en voz alta: "Sobre todo, guardad silencio". Es absurdo y, además, el efecto sobre la mente no es el mismo.



En la práctica de zazen, aprendemos a conducir la mente desde el cuerpo, desde la respiración. Así, esto es lo que nos proporciona la práctica del ritual: un efecto subconsciente sobre la mente a partir del gesto. El ritual no es un envoltorio prescindible, sino que nutre la práctica. El envoltorio es un regalo.


Lluís Nansen Salas
http://www.dojozenbarcelona.org